Osvaldinus

Estudiante de escritura creativa y cuentista.

«Aunque la mayoría de las veces mis cuentos son hilarantes, tengo un lado cuerdo que me motiva a escribir coherencias»

Alrededor de las 03:00 de la mañana sonó el despertador de mi teléfono, al levantarme bruscamente y extrañado por el horario de la alarma, me llamó la atención una luz y un sonido ensordecedor que emanaba desde el living de mi departamento acompañado de unas débiles e ininteligibles voces a la distancia.

Al acercarme sigilosamente y con desconfianza a aquel destello de luz, me hallé repentinamente caminando solo en medio del parque central que da al lado del edificio donde vivo, me sentí extraño y confundido por encontrarme alejado de mi familia, la cual creía, estaba durmiendo al igual que yo.

Al percibir mi aspecto cansado, mis pies descalzos y mi cuerpo frío, noté que el lugar ya no era el mismo, había cambiado drásticamente transformándose paulatinamente en un lugar lúgubre, húmedo y abandonado, cubierto de espesas tinieblas a su alrededor.

Esta vez no me encontraba solo sino acompañado de mi esposa quien me preguntaba si todo estaba bien, yo asentí para no preocuparla sin necesidad, pero para ser sincero ni yo comprendía cómo me sentía, por lo que me apresuré a responder que todo marchaba bien; aunque por el quehacer diario y por la responsabilidad que tenía de entregar a tiempo mi tercera novela de misterio a la editorial y sumado a las preocupaciones cotidianas de mi familia y al encierro provocado por la pandemia la cual pensaba había quedado atrás, me sentía bastante agotado y malhumorado.

La luz, el ruido y las voces seguían siendo un misterio para mí, no entendía cómo de un momento a otro podía estar en dirección a aquella enigmática energía y al siguiente segundo encontrarme caminando en un lugar totalmente distinto. No lograba escuchar ni ver a mis hijos lo que me angustiaba y preocupaba cada vez más. Solo mi esposa se hallaba a mi lado, pero esta vez estaba callada sujetando fuertemente mi mano. Mientras caminábamos sin ningún destino aparente (o era lo que yo creía), mis pensamientos se aclararon y pensé por un momento en todas las restricciones que las autoridades nos habían impuesto bajo esta nueva modalidad de vida, la que llevábamos durante largos y cansadores meses, modalidad que se veía menoscabada no solo en lo laboral y económico sino también en lo familiar, social y educacional. Entendía que nuestras vidas jamás volverían a ser las mismas y por meses me había negado aceptar esta dura realidad; debido a lo cual y haciendo caso omiso a las restricciones impuestas por el gobierno y sin importarme las suplicas de mi familia, salía de casa cada vez que podía.

Mientras reflexionaba acerca de todo esto y lo que ha significado este tiempo de distancia, angustia y en muchos sentidos desesperación, oí a tan solo unos pocos metros de mí las voces angustiantes de mis pequeños hijos que con todas sus fuerzas me llamaban entre gritos y llantos: ¡Papááá! ¡Papááá! Afectándome la cordura. Gritos que se alejaban cada vez más, siendo reemplazados por voces desconocidas y distantes e intensos chillidos acompañados de un fuerte hedor que se ocultaba completamente en la oscuridad y en el vacío de aquel enorme salón que crecía y se expandía dejando al descubierto sombras que me acechaban y siluetas a mi alrededor.

Mientras reflexionaba acerca de todo esto y lo que ha significado este tiempo de distancia, angustia y en muchos sentidos desesperación, oí a tan sólo unos pocos metros de mí las voces angustiantes de mis pequeños hijos que con todas sus fuerzas me llamaban entre gritos y llantos: ¡Papááá! ¡Papááá! Afectándome la cordura. Gritos que se alejaban cada vez más, siendo reemplazados por voces desconocidas y distantes e intensos chillidos acompañados de un fuerte hedor que se ocultaba completamente en la oscuridad y en el vacío de aquel enorme salón que crecía y se expandía dejando al descubierto sombras que me acechaban y siluetas a mi alrededor.

En ese momento ya no sentía la cálida mano de mi mujer sino solo tinieblas y una agobiante sensación de vacío, remordimiento, abandono y soledad. De lejos, el ruido emitido por las maquinas que miden los signos vitales me hacían dudar del lugar donde me encontraba, cuando de forma repentina cayeron sobre mi pecho unas manos largas y huesudas que trataban desesperadamente de arrebatarme de ahí, y voces desde la penumbra que gritaban: ¡Uno!, ¡dos!, ¡tres! ¡Ahoraaa! Seguidos de: ¡Doctor!, ¡doctor! ¡No reacciona!, ¡no reacciona! Y saltos y convulsiones descontroladas en la sala de reanimación. Cuando de manera inesperada comenzó a envolverme aquella intensa, nauseabunda y sofocante luz, la misma luz que creí haber visto antes, y recién ahí comprendí donde estaba, y a lo lejos escuché el último pitido del monitor y la voz del doctor de turno que decía: hora de defunción, las 03:00 de la mañana.

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